Von der Leyen ante la gran encrucijada
Donald Trump vuelve a ser desde el pasado lunes presidente de los EEUU. El magnate consigue por segunda vez ostentar la mayor responsabilidad política y militar del planeta con un resultado espectacular. Aunque los Demócratas lograron seguir en la carrera electoral tras la renuncia de Joe Biden, la entonces vicepresidenta y candidata, Kamala Harris, pronto se demostró incapaz de vencer al neoyorkino pese a obtener un apoyo considerable, superior al de Hillary Clinton en 2016.
La proclamación del empresario y showman abre un horizonte de incertidumbre, dado que el agresivo mensaje de ruptura del sistema se multiplica en esta ocasión, poniendo en peligro el statu quo democrático de la nación y tensionado las relaciones internacionales. Ante este escenario, países como Canadá o México observan atónitos y temerosos los primeros pasos de la nueva Administración estadounidense, pero es sobre todo Europa la que espera, no sin considerable fragilidad, labrar una respuesta mesurada y eficiente ante un mandatario virulento e impredecible.
Es justo aquí donde la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tiene un papel doble. Por un lado ser garante de la defensa de la Democracia, en un contexto global marcado por la influencia de las potencias y líderes autoritarios. Asimismo, reafirmar un perfil propio que defienda los intereses de millones de europeos y que marque una línea de defensa ante posibles ataques arancelarios o de cualquier otro cuño.
Pero, más allá de estos movimientos imprescindibles, dicha gran encrucijada abre la puerta a diferentes escenarios, que se concretan en tres posibles vías de acción como entidad continental, que marcarán el devenir de uno de los mejores y más ambiciosos proyectos democráticos de la historia humana.
Perfil bajo y control de daños
Una de las posibilidades que se antojan en el horizonte es el conformismo y la repetición de modelos que se demostraron caducos en las crisis, aunque diferentes, de 2008 y 2020. El famoso "deeply concerned". Es decir mostrar henchida pesadumbre antes que determinación, que lleva años esgrimiendo la Comisión y que permite a los 27 saltar los charcos cínicamente, no sin mancharse, pero haciendo una evidente dejación de funciones y actuando muy por debajo de sus capacidades y poder reales. En esta ocasión, con un Trump dispuesto a castigar a Europa, repetir mantra sería una apuesta suicida que acabaría por condenar al proyecto a la total decadencia y quién sabe si a su posible desaparición.
Marcando el paso
La parálisis miedosa y prudente es una opción verosímil, dadas las decisiones últimas de las instituciones comunitarias. Pero teniendo en cuenta las últimas declaraciones de Ursula von der Leyen en el Foro Davos, donde defendia mantener relaciones atlantistas pero con reglas y criterio comercial autónomo, asi como las de Kaja Kallas, alta representante exterior, quien sostenía que EEUU tiene razón señalando la escueta inversión militar europea, que debe ampliarse, quizá algo se esté moviendo en Berlaymont.
El viraje supondría una Europa más centrada en sí misma, pudiendo plantear nuevas relaciones más ambiciosas e independientes con Asia, Mercosur y África, sin por ello renunciar a una cuidada diplomacia con nuestro socio preferente norteamericano. Además, el gesto supondría, a su vez, una mayor inversión en defensa y protección del territorio ante amenazas extracomunitarias. Eso sí, la ansiada autonomía estratégica todavía quedaría muy lejos. Una utopía difícil de alcanzar.
Renaissance
Siguiendo esta particular gradación, el último escalón pasa por un territorio desconocido. Inexplorado. Una Europa libre y con capacidad de influir sin ambages y de forma creciente en el resto del mundo. Del clásico softpower, útil pero insuficiente, al hardpower, esencial en un tablero geopolítico lleno de dragones deseosos, así lo demuestran la Casa Blanca o el Kremlin, de incendiarlo todo. Si se apuesta finalmente por esta opción en el medio y largo plazo la Unión Europea que conocemos hoy cambiará de forma notable.
El sueño que un día tuvieron los padres fundadores de la vieja CECA podría verse cumplido si los líderes europeos deciden tomarse verdaderamente en serio esta dificultosa empresa. Hablamos de un futuro continente con unión fiscal, monetaria, seguridad social sin fronteras, defensa común, derechos civiles blindados en una hipotética constitución, centros de innovación punteros así como una reindustrialización eficaz que vertebre y genere riqueza en el territorio. Para ello es esencial reformar el sistema de votación, primando las mayorías sobre la unanimidad, dar más poderes al parlamento así como diseñar una Comisión transparente, flexible y que fomente la participación del ciudadano en la toma de decisiones estratégicas.
Suena idealista, cuasi quimérico, pero si de verdad queremos ser una potencia global con voz y respetada toca dar el salto a otro nivel. El futuro de millones de personas está en juego. Merece la pena intentarlo. Por nuestra supervivencia y la de las generaciones venideras.