La nueva brecha de Europa: economía y defensa
Con el desafío de la defensa en la Unión Europea frente a la creciente inestabilidad militar internacional, resurge una cuestión que en su momento quedó relegada, como es la la necesidad de una política de defensa común en la UE. Hasta ahora, este era un dilema al que no hubo que hacer frente gracias, entre otras cosas, a la existencia de la Organización del Tratado del Atlantico Norte (OTAN), que servia de paraguas militar para todos los Estados europeos más los dos grandes americanos, Estados Unidos y Canadá.
Sin embargo, efecto Trump no deja de sorprendernos, ya que con la nueva política aislacionista estadounidense, Europa se ve descubierta ante las amenazas exteriores. Lo que preocupa más a los dirigentes europeos es el margen oriental, el ruso, en el que se sigue produciendo la invasión de un estado europeo como es Ucrania, y que podría haberse convertido en un conflicto mayor de no ser por la protección del “paraguas OTAN” de sus vecinos. Ahora, el repliegue de EE.UU. deja a los Estados europeos más vulnerables frente a amenazas externas, con una OTAN al borde de la disolución y una Unión Europea que hasta ahora no ha tenido necesidad de desarrollar su armamento.
La nueva situación de desprotección total ha suscitado múltiples debates en torno a cómo abordar a seguridad europea, o incluso si debería abordarse o no. El primer paso lo tomó la propia Comisión Europea, anunciando un aumento del presupuesto de defensa en 800 millones de euros. Por otro lado, y muy recientemente, era el propio presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quien ponía de manifiesto una de las exigencias históricas del federalismo europeo: una unión militar en la UE, como una salvaguarda de la defensa e influencia internacional europea.
“Después de lo que ha sucedido en estos tres años de invasión de Rusia a Ucrania, desde Europa tenemos también que dar un paso para integrarnos y en un futuro, estoy convencido de que lo lograremos, tener unas fuerzas armadas europeas”
Esta política de aumento del presupuesto militar no ha tardado en suscitar reacciones en ambos extremos del espectro político. Los más conservadores se oponen a la injerencia de la UE en las políticas militares de los Estados, o a cualquier intento de integración europea, Por su parte, la izquierda pacifista se escuda en la desinversión en estado de bienestar como argumento en contra del aumento del presupuesto de defensa.
Ambos puntos de vista ignoran completamente que, para poder conservar este oasis democrático en el que se ha convertido Europa, es necesario, sí o sí, defenderlo de manera unificada. Pero esta es una conversación para otro día.
¿Qué opinan los ciudadanos europeos de toda esta situación?
A lo que hemos venido a hablar es de la percepción de la población. Y es que los datos muestran realidades como que España es el país de la UE que menos importancia da a la defensa, donde, según el Eurobarómetro, soló el 14% de los españoles considera que la defensa debería ser una prioridad de la UE, en comparación con el 31% de la media europea, contrastando con los datos de países como Lituania (56%), Dinamarca (52%) o Chipre (45%).
Este peligroso desinterés en la inversión militar cobra más sentido cuando se analiza el conjunto de los datos de los Estados europeos, y con que otras temáticas compite la denfesa en la conciencia colectiva europea.
Y es que el Eurobarómetro pone de manifiesto la desigual situación entre el norte y el sur de Europa, dónde la preocupación de los estados del norte por la defensa no se traduce en lo mismo en la ribera mediterránea, donde prima otras preocupaciones, la económicas.
Además de la distancia geográfica, los estados del sur ya acarreaban problemas económicos debido al impacto de la pandemia en las actividades turísticas que dominan el flanco sur europeo. Los ciudadanos del sur solo ven como su vida económica sufre las consecuencias en una guerra aparentemente lejana.
Es evidente que un país como España, por idiosincracia, distancia cultural y geográfica, no se identificará tanto con Ucrania como Polonia, por ejemplo. Sin embargo, la invasión rusa sigue siendo una invasión de Europa. El riesgo sigue presente.
Y, aunque el fenómeno Trump nos haya dado un toque de atención sobre la verdadera inestabilidad que amenaza el orden democrático europeo, gran parte de la población sigue pensando que puede haber paz sin defensa digna que plante cara a los regímenes autoritarios. Sin una capacidad de defensa propia, la UE pierde peso en la escena internacional y en la defensa de los derechos humanos.
Fortalecer la defensa no implica promover la guerra, sino disuadir amenazas y proteger la democracia. De lo que hay que darse cuenta es de que en realidad no se está aumentando nada, sino reemplazando el “servicio” que hasta ahora los Estados Unidos hacía por Europa.